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30 agosto Universo detenidoSus manos son tan sólo el sueño del contacto tardío de su piel. La huella de su aroma ciñe su cintura melindrosa, devastadora, brutal. El vigilante acecha impasible la arrulladora figura.
Memoriza la unión de sus rodillas, los pequeños pies, la línea diáfana de su espalda.
El trémulo líquido de su mirada se revuelve intranquilo, observa su débil contorno perceptible.
Sus ojos dicen desgárrame.
Su lengua es ahora caramelo derretido en el ardor de un paraíso detenido. Y dos cuerpos se buscan -cuando contacto no significa necesariamente tocar, ni buscar haberse perdido- en un universo abandonado, vacío y quieto, que arrastra las voces de los miles de rostros que conviven en nosotros. 10 agosto .El engaño a la soledad
es tan sólo una gema en ascuas que explota incandescente en el gemido del tiempo; y que arrastra las heridas en los cauces de agua que lamen y sienten y vuelven a vivir en el horizonte de tu cuerpo, como si las emociones pasadas volvieran melancólicamente a anidar en las ramas crueles de tus furiosos vendavales creyéndote dueño
de tus propias pasiones.
Y vuelve a atreverte, asómate a la ventana de tu coraza de óxido, vuelve a pensar que no estás solo, y vuelve a decepcionarte cuando descubras tu propio reflejo. 09 agosto .Te he buscado
adscrito en una piel de tinta que ha dejado de ser mía, he esperado que tus dientes recorran el sendero inédito de esta peregrina de ausencias; he conocido la dependencia a tus besos que, lentamente y sin hacerme daño, descubrieron la pasión demencial por tus labios. Tengo miedo de gustarte porque temo que quieras saber quién soy y desnudar esta vieja piel hasta que seamos sólo dos extraños que observan los vértices de sus cuerpos con ojos de ciego. Pero prefiero ser descubierta poco a poco, haciéndome tuya en cada secreto que hallas, tatuado en la línea geométrica de mi pasado hundiéndome huraña y somnolienta en tu futura ausencia. 08 junio Cuchillos
Me falta aire. Sólo te miro, recelosa a tu punzante alegría, y tu sonrisa parece una mentira macabra que acaricia mis heridas. Sangro. Te miro y sangro. Mírame, papá, mírame. Parece que han pasado diez años por tu rostro durante estos meses, y ni siquiera puedo hacerme una idea de lo duro que debe haber sido. Yo sólo puedo observarlo desde un punto de vista egoísta y personal, desde el día que mamá hizo conejo para comer y yo no dije nada. Papá, yo no dije nada. Tú me hablabas y yo mantenía la mirada clavada en la comida, sin decir una sola palabra. Recuerdo que dije que estaba bien cuando Alfredo intentó abrazarme y escapé de los gritos que mordían la boca de mi estómago cuando salí de casa. Huí. Huí de los problemas, como hacemos todos. Menos vosotros. Fuisteis capaces de hacerles frente, tuvisteis el valor que a todos nos falta. El valor para admitir que las cosas no iban desde hacía tiempo como tenían que ir, y para querer arreglarlas. Yo sólo huía. Llevaba toda mi vida huyendo. Pero refugiarnos del dolor no nos hace más fuertes. Fingí durante mucho tiempo. Engañé a todos, y mis sonrisas parecían tan sinceras, y mis bromas tan francas que incluso conseguí engañarme a mí misma. Todo parecía como siempre, y la vida parecía seguir su propio curso. Pero no fue fácil, y vosotros conseguisteis recuperaros a vosotros mismos con todo vuestro esfuerzo. Pero yo no estuve. Soñé que llorabas, papá, y que no hacía nada por ayudarte. No lo hice. Sólo intentaba una y otra vez que estuvieras orgulloso de mí, a pesar de mis fallos y mis despistes. A pesar de que consiguiera desesperarte y me dijeras que no servía para nada, yo sólo quería seguir siendo algo para vosotros. Sólo quería demostraros que no os habíais equivocado conmigo. |
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